Columna de opinión
Escrita por: Mónica Almonacid, directora de Medellín y Antioquia Cómo Vamos
24 de junio de 2026
Durante muchos años, Medellín cargó con un título que parecía imposible de quitarse: el de la ciudad más violenta del mundo. En 1991, el punto más crítico de esa historia, el Sistema de Seguridad y Convivencia (SISC) registró 6.809 homicidios. Los atentados, las fronteras invisibles y los enfrentamientos entre grupos criminales no eran noticia excepcional: eran el pulso cotidiano de la ciudad.
Mirar la seguridad con la perspectiva que dan dos décadas de monitoreo de Medellín Cómo Vamos permite reconocer cuánto se ha avanzado. La ciudad ha logrado sostener durante 6 años el número de homicidios en mínimos históricos desde los años 90, hasta llegar a 326 casos reportados en 2025. Ese descenso no es casualidad: refleja la resiliencia de una sociedad urbana y un esfuerzo institucional sostenido que hoy posicionan a Medellín como referente en innovación, turismo y cultura.
Y, sin embargo, la retrospectiva también deja una lección incómoda: la reducción de la violencia visible no se tradujo en una mejor percepción de seguridad. En 2006, el 61% de los medellinenses se sentía seguro en la ciudad; veinte años después, esa cifra cayó al 51%.
Parte de la explicación está en lo que hoy preocupa a la ciudadanía cuando piensa en seguridad: el hurto (29%), la drogadicción (20%) y el tráfico de drogas (6%). A ello se suma un dato que enciende las alarmas: la dificultad para resolver las diferencias de forma pacífica. Entre 2024 y 2025, los homicidios por conflictos de convivencia aumentaron un 27%.
Tras dos décadas de mediciones de Medellín Cómo Vamos, una conclusión se impone: comparada con la ciudad de hace veinte años, la seguridad ya no se juega solo en las grandes cifras de violencia, sino en lo cotidiano, y sigue siendo una prioridad para la ciudadanía.
Hacer de Medellín una ciudad segura exige, además de la acción institucional, sanar los vínculos sociales, construir una convivencia basada en la corresponsabilidad y el respeto mutuo, y robustecer el sistema judicial. La transformación que la ciudad ya demostró ser capaz de lograr en sus calles es, hoy, el reto pendiente en su tejido social.